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A continuación, una narrativa del sueño que tuve anoche.

Todo inicio en un Arcade japonés. Había juegos de ritmo que no entendía cómo funcionaban. Había muchas palancas, colores y formas de leer la música. Vi a una mujer que llevaba una campana en las manos. No sabía si era para ayudarse a recordar el ritmo o simplemente para hacer más impresionante su desempeño, pero pronto falló ante una máquina grande y colorida. Era un escenario difícil de ignorar y un pequeño grupo de personas se había reunido a su alrededor, esperanzados de que al fin alguien, sin importar quien fuera, pudiera terminar UNA canción en esa maquina, observaban fijamente su desempeño.
Eventualmente, la mujer dejó la campana de lado. Se concentró completamente en el juego, y ahí fue cuando me dejé de recargar en la pared desde donde observaba y caminaba a otra máquina que estaba en esa misma hilera, pero diferente. No tuve que voltear atrás. Algo en mi me decía que al perder la campana, iba a perder. Se había tomado el juego en serio. Había olvidado jugar. La presión de los demás me había llegado al cuello. No había vuelta atrás.

Ignoré los suspiros de decepción del público a mis espaldas y me enfoqué en una máquina diferente. Era de ritmo. Creo que era de las waifus o había algo familiar de esta máquina me hizo sentir en la base de mi estómago el deseo de jugar. Saqué mi monedero y me di cuenta que en mi bolsillo llevaba pesos, rupias y euros. Hasta vi una que otra libra egipcia. Pero no encontraba yenes. Hice una mueca frustrada, cuando recordé de repente que en el fondo, muy en el fondo, debía haber una moneda de 500 yenes.

Mientras peleaba con mis monedas, se me había acercado alguien que (creo) quería usar la misma máquina que yo. Parecía ser amigo de la mujer que estaba usando la otra máquina, porque le gritó palabras de aliento antes de voltearse a ver la máquina donde yo estaba.

Le expliqué la situación entre sonrisas tímidas y gestos. No sabía porque, pero no quería demostrar el hecho de que entendía perfectamente lo que me decía o lo que pasaba a mi alrededor. Sentía alerta. Quizás un poco de incertidumbre.

“Yo te ayudaré a cambiar una de tus monedas” me dijo mientras metía mano a mi monedero, lo cual me hacía ponerme tensa. No me gustaba esa sensación, de que estuviera invadiendo mi espacio para decirme qué hacer. Tomó una moneda que ya no recuerdo (el sueño ha empezado a desvanecerse...) pero que yo sabía que su valor era equivalente a 700 yenes.

Metió mi moneda y me escondió de la vista lo que salía. Cuando volteó, me entegó únicamente dos monedas de cien pesos y procedió a ignorarme. Sentí mi sonrisa de gratitud congelarse en mi rostro y el enojo empezar a florecer en la base de mi estómago. Este hombre me estaba mintiendo y estaba tomando algo que era mío. Noté que había sacado un monedero rojo con negro y que se había enfocado en otra máquina al lado de la mía, como diciéndome “anda, juega”.

No me moví. No hice ningún tipo de drama tampoco. Simplemente observé. De repente, la mujer que había traído una campana y que ahora estaba roja de esfuerzo de intentar vencer la máquina una y otra vez desde su inicial derrota gritó. No entendí que dijo, su voz estaba demasiado cargada para mi entendimiento. Pero si amigo salió corriendo a su lado, emocionado. Creo que le había dicho el equivalente a “Ya casi lo logro! Ven!” porque su emoción fue tal que dejó su monedero atrás, sobre la máquina que estaba al lado de la mía.

Asegurándome que no me viera, tomé su monedero. Y ahí, aparte de todas sus otras monedas y posesiones, había una moneda brillante de 500 yen mal colocada. La tomé sin preguntar ni dudar. Regresé el monedero a donde estaba. Voltee a ver mi máquina y me sorprendí de ver que el estilo había cambiado. Ya no era un juego de ritmo, era un juego de garra. Todo estaba sobre cajas de madero o colgando de hilos. Había también una especie de canasta llena de paquetes armados y esferas redonditas de Gashapon. El letrero estaba escrito en kanjis complicados, pero también había jeroglíficos por aquí y por allá.

No podía leer todo, pero creo que si pagabas 5 juegos (500 yen) independientemente de si ganabas algo o no, te daban oportunidad de sacar algo de la canasta. Eche un reojo y noté que había un Kero pequeño en la canasta y me emocioné. Decidí jugar.

En eso, llegó un Niño corriendo a la máquina, gritando “La máscara de (insertar nombre aquí)! Papá, papá, puedo intentarlo?”

Un padre que me pedía disculpas con la mirada insertó una moneda y el pequeño movió la garra con mucha facilidad, atrapando la máscara que tanto anhelaba.

“Yatta!” Suspiré suavemente, preguntándome si el pequeño había escuchado mi celebración por su logro. No quería ser invasiva, pero quería que el pequeño supiera que me daba gusto por él.

Sin embargo, justo cuando el premio iba a caer para ser entregado, cayó unos 3 centímetros lejos del agujero donde debía. Sentí culpa de haber celebrado antes de tiempo. Empecé a rezar de que el pequeño no hubiera escuchado mi suspiro de celebración.

El Niño, claramente decepcionado, soltó los controles de la máquina y se hizo para atrás. Pensé en sugerirle que lo intentara de nuevo, que yo le podía regalar una oportunidad más.

Pero el pequeño se dio media vuelta, tomó la mano de su padre y empezó a alejarse. Dejó ir lo que no había obtenido. Estaba triste, claro. Se veía en su caminar. Pero no pidió más monedas u oportunidades. Simplemente siguió.

Voltee hacia la maquina, pensando para mis adentros “Quizás si logro sacar la máscara rápidamente pueda lanzarme y alcanzarlo” cuando vi algo dentro de la máquina que casi me saca un grito de horror.

Un hombre viejo, con pocas arrugas pero poco pelo blanco, sostenía en sus manos 2 regalos de consolación para El Niño. Había intentando hacer señas y hasta pensé escuchar su voz quebradiza detrás del cristal grueso que nos separaba, pero nadie lo había notado. Excepto yo.

Resignado y con cara de mucho pesar, el hombre empezó a devolver las cosas a su lugar, pero ahí sí elevé mi voz todo lo que pude y dije “Matte!”

Señalando que yo iría tras El Niño, corrí y llame a la pequeña familia. Una bella mujer que le sonría al pequeño (asumí era la madre) se había agregado al grupo. Voltearon a verme con interés y me siguieron de vuelta a la máquina después de que expliqué que algo les esperaba ahí.

Volviendo a la maquina, el hombre parecía haberse desvanecido. Pero los regalos estaban en el agujero. Los saqué con cuidado y empecé a entregárselos al niño, que emocionado empezó a jugar con ellos. Escuché algo detrás de mi y cuando voltee a la máquina, había más cosas esperando por ser sacadas.

Esto se repitió varias veces. Una tras otra, fui sacando juguetes y paquetes mucho más valiosos e interesantes que la máscara de plástico que El Niño había originalmente señalado como su deseo. Figuras de acción, helicópteros de control remoto, huevos de dragón, trenes miniatura... el pequeño estaba emocionado y feliz.

El padre también se había puesto de rodillas como su hijo en el piso, revisando los juguetes con un brillo especial en la mirada. La madre, aunque sonriendo, se veía literalmente preocupada, probablemente pensando “¿Cómo vamos a cargar todo eso de regreso?”

El pequeño recibió más de lo que esperaba, y cosas mejores. Todos cargando todo lo que podían en sus brazos, se despidieron dándome una sonrisa y palabras de gratitud y se marcharon.

Feliz, voltee a la máquina y me sorprendí de verla vacía. No recordaba haber entregado el pequeño Kero. Había desaparecido. Todo lo de la máquina había desaparecido, excepto una caja oscura al fondo. Debatiéndome sobre si valía la pena intentar sacarla o no, de repente el hombre de antes, el abuelito dentro de la máquina, apareció en una esquina.

Por medio de señas, me dijo que metiera una moneda de 100 yenes. Hice lo que me pedía, principalmente porque me daba un poco de compasión verlo encerrado en la maquina y pidiendo que jugaran su juego, cuando de la nada estrechó su mano, como si me la ofreciera.

Me sentí confundida. Puse mi mano en los controles de la máquina y de repente fue como si algo o alguien me jalara. Cuando abrí mis ojos, me encontraba en una especie de fábrica de juguetes. El espacio era completamente de madera. El hombre, sonriente, me hizo una mueca y me dijo:

“Tardaste mucho en llegar. Te había estado esperando desde que el último peluche de pingüino se lo llevó una chica con el cabello parecido al tuyo”.

No entendí. En esta parte, el sueño empieza a volverse brumoso y lejano. Creo que me decía algo de que me habían estado esperando, que me habían mandado señales desde el desierto. Y recordé las estrellas fugaces que había visto iluminar el cielo la última vez que pase una noche/madrugada camino a un templo.

Y luego, aparecía alguien. No recuerdo quién era. Tampoco recuerdo cómo me llevaba del interior de la máquina/fábrica de juguetes a un pequeño oasis en medio del desierto de Dios sabrá dónde, pero ahí estábamos de un momento a otro.

Me dijo que su madre había preparado su platillo favorito y que debíamos quedarnos a descansar ahí. Agradecí su hospitalidad, pero sentí que algo me llamaba lejos del lugar, camino al desierto.

Le dije que debía marcharme y vi la mirada de horror y decepción en su rostro. (El cual ahora es solo una especie de nube incierta con ojos, nariz y labios en mi memoria. He olvidado completamente quien era este ser. Incluso me es imposible definir si era hombre o mujer).

Con una conversación breve, me encaminé. Me sentía triste de tener que alejarme de esta persona/ser tan pronto. Había mucho que le quería preguntar. Pero el llamado de alejarme de ahí era muy fuerte, y las pocas veces que había ignorado mi intuición en situaciones previas me habían aterrizado en escenarios muy difíciles y dolorosos.

“Va a ser difícil estar tan sola” me recuerdo haber pensado, unos 5 minutos después, rodeada de arena.
Pero me alcanzó. Llegó por atrás, cargando consigo bolsas llenas de comida aún caliente.

“A mamá no le gustado nada no poder verte. Ella también te extrañó, ¿sabes? De todas formas, me empacó la comida. Iré contigo.”

Me sentí rara. No lo entendía. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que alguien... disfrutaba de mi compañía lo suficiente como para hacer un esfuerzo extra y pasar tiempo conmigo. El acto me llenó los ojos de lágrimas, pero lo hice pasar por arena atrapada entre mis pestañas.

Asentí y seguí caminando. No sé qué era lo que esperaba o buscaba. Pero solo sentía que debía seguir caminando hacia el norte, pasara lo que pasara.

Mi garganta se secó pronto. Estaba cansada, pero segura de que debía caminar lejos de ahí. Caminamos en silencio. Noté que tenía miles de palabras atrapadas dentro de mi, revoloteando como mariposas.

“No hay problema” pensé “En cuanto despierte, escribiré todo.”

Aun no me explicó cómo pensé eso dentro del sueño y no me alarmé.
Nos sentamos a comer a la sombra de un gran cactus que llevaba sombrero. No recuerdo qué era la comida, pero estaba deliciosa.

Sintiéndome reanimada, emprendimos camino de nuevo cuando de repente sentí mi compás interno dar una vuelta de 180 grados. Me dirigía de vuelta de donde veníamos, al oasis.

Sentí culpa. Incertidumbre. ¿Entonces cual era el punto de haber caminado tanto? No había nada más que cactus y arena a nuestro alrededor.

Me tardé unos 10 minutos en expresarle lo que sentía a la persona que me acompañaba. En lugar de sentirse molesto/molesta o siquiera levemente incómodo/a, sonrió.

“Bien. Podré dormir en mi cama y mamá podrá verte. Le dará gusto.”

Por la familiaridad con la que me hablaba, sentía que era alguien que conocía en la vida real, aunque ahora no tengo recuerdo alguno de quien era. Quizás solo era un figments de mi imaginación. No lo sé.

Caminamos en silencio. Y después de mucho andar, le escuché dar un grito de exclamación y de miedo.

Volteando a mi alrededor... me percaté de lo que había pasado durante nuestra ausencia. Estábamos caminando sobre una montaña de arena que no había estado ahí antes. Cerca de nuestros pies, la parte alta de la chozas se veía salir por uno o dos centímetros de la arena que pisábamos.

Había habido una tormenta de arena. Todo el oasis estaba enterrado.

Y ahí fue cuando desperté.

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makeiri
27 años. Soñadora. Creativa. Parlanchina.
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