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Una Carta Que Recibí





Hace más o menos una semana, me sentía muy triste. Escribí un poco, expresando palabras que se habían quedado atoradas en mis manos y que nunca había tenido el valor de compartir. Me sentí un poco mejor después de expresar mis miedos, tristezas y corajes. Pero también me sentí un poco culpable de compartir mi lado oscuro con quien fuera a toparse con mis palabras. Procuro siempre compartir cosas positivas o alegres con los demás, pero en esta ocasión tenia que ser sincera y expresar lo que pasaba por mi mente.
No esperaba una respuesta.
No esperaba palabras que contestaran a las mías.
Pero como siempre, la vida nos sorprende.

Xavier me escribió una carta que publicó en su Blog y que transcribo en este espacio (con permiso de él, claro está)
El mensaje que me llegó por medio de esta carta es algo muy valioso, y lo quiero compartir con ustedes.
Contestaré esta carta con una propia, que también publicaré aquí, en mi próxima entrada.
Pero primero, les comparto esta carta que me hizo recordar cosas que pensaba olvidadas para siempre, y que me hicieron sonreír.

~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~
19 de Noviembre de 2016

Voy a aprovecharme de que te gusta leer porque tengo una anécdota que quiero contarte. En verdad espero te sirva, pues en mi opinión no hay mejor manera de aprender que con ejemplos reales.

El 29 de septiembre del año pasado iba caminando por Centrales, y sobre uno de los postes metálicos donde hay enchufes había un sobre amarillo con rojo, cerca de una mesa. Como buen habitante de ciudad grande, hice caso omiso y me valió madre.

En la tarde, cuando estuve ya en casa, me metí a Twitter como de costumbre, y vi una foto en la que que alguien mencionó el sobre que había visto en el Tec.
No sólo eso, sino que encontré a quién había escrito la carta que estaba dentro del sobre. Era una chica, y había subido una foto de cuando estaba escribiendo la carta.
La foto era lo suficientemente nítida para que se pudiera leer lo que decía:

No puedo escucharte ni leerte. Pero espero que tu día vaya bien, que te sientas alegre.

Era una carta al portador, a quien corresponda; a ver quién tomaba la carta y la proclamaba como suya.

Esta idea de escribirle cartas a un extraño me pareció sumamente interesante. Escribir cartas con palabras de aliento es un gesto perdido en nuestros días, y el hecho de escribirlas a una persona que no se conoce habla del desinterés del autor; sólo quiere desearle un buen día a quien lo lea. Es un sentimiento muy bondadoso y genuino.

Encontrar esta muestra tan desinteresada de cariño me demostró que aún existen personas que quieren cambiar al mundo y que se esmeran en compartir su felicidad con los demás.

Seguí de cerca el trabajo de esta chica y encontré que tenía un blog que no actualizaba muy seguido, pero que publicaba al menos una vez por mes.

Por ahí del mes de noviembre fue la feria del libro acá en Monterrey. La chica publicó una entrada donde presumía los libros que había conseguido. No recuerdo todos los títulos, pero sé que se había hecho de una copia del Principito, Drácula y un libro de poesía de Rosario Castellanos.

Varios días después, faltando 28 días para el inicio del 2016, la chica grabó un video "unlisted". En este video comentaba acontecimientos recientes de su vida, pero lo que más me llamó la atención fue algo que dijo. Textualmente:

Meh. Nadie va a ver esto, anyway.

Pero yo lo vi. Y no sabía si debería decirle que realmente alguien lo estaba viendo. Mi mamá me enseñó que no debo pedir recompensa por hacer lo que hago. Y mi papá me enseñó que soy sólo un ser humano más en la faz de la Tierra, y que lo que haga o deje de hacer no es realmente importante para el flujo de la vida.
Y una vez más, me valió madre lo que me enseñaron, y le dejé un comentario. Lo que decía el puto comment era lo de menos, la verdad. Era más bien una palmada en la espalda, como diciendo "no me conoces, pero te leo y escucho, y quiero que lo sepas."

Un día después la chica me dio "follow-back" en Twitter, y me sorprendió. Me agradeció mucho por el comentario y yo sólo le di like. Siempre he sido medio torpe para los agradecimientos, en general. Pero me di cuenta de que mis palabras sí podían hacer la diferencia.

Una semana después (o quizá dos), fui a visitar a mis papás que viven en Chiapas.
Estando allá, mi mamá me regaló una plaquette que tenía lo más reciente de su creación poética. Leí fragmentos de algunos de sus poemas, y me di cuenta de que esta plaquette era la encarnación de su libertad y su paz mental. Tras un período de sufrimiento notorio (incluso para mí), había logrado alcanzar la tranquilidad. El librito era una evidencia tangible de este logro. Vértigo de divas, se llama el libro.

No pude evitar pensar en la chica cuando terminé de leer el libro así que le pedí amablemente a mi mamá si me podía obsequiar otro ejemplar (y autografiado, cómo no) para regalárselo a la chica tan pronto volviera a Monterrey. Estaba confiado en que ella entendería.

Volviendo de vacaciones, el 10 de enero, le mandé un mensaje directo diciéndole que tenía un ejemplar para ella y le envié una foto del libro.
Pasaron semanas enteras y nunca me contestó. Entendí que era un gesto atrevido, pero yo tenía que entregarle ese libro. En verdad sentía la necesidad de hacerle llegar esas palabras.

Por alguna razón pude dar con la dirección de su trabajo. Así que tres días después de mi cumpleaños (que siempre cae en fecha de exámenes parciales, pero al menos cae en quincena) me armé de valor y fui a buscarla. Fue una verdadera tontería. Demasiado romántico, talvez rayando en lo enfermo. Pero tenía que entregarle el libro.

Al llegar a la recepción, un chico me ofreció amablemente que la llamaría para que pudiera recibir el libro, pero me negué. Al fin y al cabo, no era importante que me conociera a mí. Lo único que en verdad deseaba era que tuviera el libro. Si lo leía, si lo tiraba, si lo quemaba o si lo atesoraba ya no era cosa mía. Y así fue, le dejé el libro al chico de la recepción, y no dejé dato alguno de contacto más que el hecho de que la autora le enviaba el libro.

Ocho días después, la chica me contestó el mensaje que había enviado el 10 de enero. Me dijo que acababa de recibir el libro, y que no esperaba una sorpresa así. Una vez más, me agradeció amablemente y me dijo que lo leería con calma.

Le contesté que pensé en ella al leerlo, y que me parecía que traía algunas palabras que todos deberíamos escuchar en estos días. No me contestó jamás.

Prácticamente un mes después, el 11 de marzo, tenía que entregar el segundo avance de mi tesis. Desde un día antes me quedé trabajando toda la noche, y logré formar un documento decentemente bueno para las siete y media de la mañana. Tras unas ocho horas de trabajo, me puse los zapatos y fui por unos tacos; tenía mucho sueño pero tenía más hambre que sueño.

A las 8:25, más o menos, por la rotonda de Rectoría vi a la chica venir a lo lejos. Me quedé atónito. No sabía qué decir si me la topaba de frente. Mi aspecto era terrible (más de lo normal) pues había estado despierto por 26 horas y se me notaba en la cara. Y ahí estábamos, ella yendo hacia el Tec y yo regresando. Cuando pasé frente a ella, le sonreí. Pero mis sonrisas son casi invisibles. Y ella traía unos audífonos blancos gigantes. Venía en su pedo, por supuesto que no lo notó.

Muerto de la pena y con un poco de risa, le escribí un tweet a las 8:28 de la mañana. Le dije que la había visto en la rotonda y que me había dado pena saludarla. Me reclamó amigablemente por no haberla saludado y sólo le contesté que lo sentía.

A estas alturas ya intercambiábamos tweets esporádicos. También esporádicamente ella seguía publicando, y yo seguía leyéndola. Y no tenía el valor para decírselo, pero la admiraba muchísimo. Era una persona muy honesta, muy valiente y muy sincera. Todo eso me llamaba la atención, pero yo no era ni tan valiente ni tan sincero ni tan honesto conmigo mismo, y me tragaba todos mis comentarios.

Un día intentamos ponernos de acuerdo para vernos en el Tec. Intentamos. Había muchos pendientes y el plan se vio frustrado. Un poco triste por la situación, regresé a la oficina de mi asesor de tesis. Tras una breve revisión, me disponía a ir a mi casa. Fue el 8 de abril. Nunca me olvidaré de la fecha porque es cumpleaños de mi mejor amigo, y porque me la volví a topar de frente, casualmente.

Esta vez tomé la decisión correcta, y me presenté como debía. La chica se sorprendió, y me saludó tan amigable y neutral como recordaba su representación virtual. Recuerdo haberle dicho algo como "qué pedo, eres muy feliz". Tras unos minutos de risas nerviosas, quedamos de ir por un café el siguiente martes.

El martes llegó, y llegó la hora acordada. Y como era de esperarse, me canceló. Me comentó que tenía mucho trabajo y que saldría tarde del trabajo, así que lo mejor era pasarlo a otro día. Triste de nuevo, volví hacia mi casa dos minutos después, y la vi caminar a lo lejos. Ella estaba saliendo del trabajo.

Me sentí muy mal. Sentí que estaba siendo demasiado tonto. No debía seguir molestándola más si era claro que no quería salir. Recordé a mi mamá, porque no debía buscar recompensa alguna por estar ahí. Y eso me tranquilizó. Entendí algo muy duro de asimilar: ella no me pidió el libro, y no me pidió que la fuera a buscar, ni me pidió que leyera lo que escribía. Las ganas de leerla, y de conocerla, y de darle el libro eran mías; no suyas. Y me tragué todas esas "ganas" que tenía de compartir conocimiento con ella, porque claramente era yo el emocionado por conocerla, y no al revés.

Pasaban los días, y los intercambios esporádicos de tweets se volvían más frecuentes. Un día fuimos a desayunar y a repasar las nociones básicas de álgebra, aritmética y probabilidad para un examen importante que tenía que presentar. Ya sabes, los números y las proporciones son lo mío.

Recuerdo que sacó una muy buena nota, y me alegré por ella, porque había conseguido su objetivo. Y por supuesto, me alegré por mí, porque la chica que hacía meses había visto con una gran habilidad para escribir, había sabido poner en práctica lo poco que pudimos repasar para su examen. El maestro se sentía realizado al ver a la alumna realizarse. Mi admiración creció muchísimo. ¿Se lo dije? Jamás. Ella no me pidió que le aplaudiera ni que la admirara. Esa satisfacción de verla triunfar era sólo mía.

Unos meses después, la chica se graduó de la licenciatura. Fue el ¿26? ¿27? de mayo. Por ahí tengo una foto que nos tomamos juntos, luego te la rolo para que la conozcas. Creo que te caería muy bien.

Desde entonces y hasta por ahí de finales de verano parece que hubiera cortado contacto con ella. Fue un período extraño. La veía con frecuencia pero nunca quise molestarla pues pocas veces iba sola. ¿Por qué habría de llegar a interrumpirla si ella no me lo pide? Prefería observar a lo lejos y en silencio, aun si me cuesta bastante guardar silencio.

Así estuve, en silencio por varios meses hasta que decidí dejar de darle importancia. Y nos comenzamos a llevar mejor, extrañamente. Le pasaba canciones que en mi mente siempre quise dedicarle pero que nunca le dije nada. Usando los hacks avanzados de computer scientist me bajaba sus canciones (porque canta bien chido la morra, la verdad) y las oía frecuentemente.

Y así. A veces salimos a comer e intento hacer referencia a sus escritos o a sus frases. No es muy notorio, pero me importa mucho, ¿sabes? No le gustan los dulces, pero sé que le gustan los dulces de tamarindo. Cada vez que puedo, compro uno para dárselo la próxima vez que la vea.

BUENO FIN DE MI HISTORIA. EL PEDO ES QUE todo este rollo es por dos cosas lol:

En Vértigo de divas, en la página 51 del libro físico (o en la 26 del PDF que está rolando por ahí) viene un poema que se llama La palabra y Eros II. Dice así:

Si no corriera por mis venas esa sabia intelectual de tus miradas
tú sólo serías una visión ¿omisión? Excepción
a la regla de la historia.
Lo físico, lo material, no importa
subyace entre lecturas,
transparentes
intrigantes en tu discurso.
Lo real es lo intangible: lo más erótico.
Déjame beber de esa locura
que me hizo soñar con un orgasmo
derivado del placer de tus palabras.

Llaga fresca, corazón sangrante.

La admiración también me excita.

Este poema fue el que me hizo pensar en que la chica necesitaba leer el libro. Eran las palabras que necesitaba para poder decirle cuánto la admiraba sin que sonara como uno más de todos sus fans, ¿sabes?
Afortunadamente, mi mamá escribió justo lo que quería decirle.
¿Y la chica se enteró? Jamás. Nunca le dije que leyera algún poema en específico. Ni siquiera sé si leyó el libro.

Ésa es la cuestión, Monse. No se trata de los demás. Se trata de nosotros mismos. Somos nosotros los que decidimos qué hacer, hasta dónde llegar, y si vale la pena o no expresárselo a los demás. Cuando hayas aceptado que tus acciones y decisiones eran eso, tuyas, entenderás que a pesar de que el outcome sea diferente a lo que quieres; fue tu decisión. Buena o mala, fue una decisión tuya. Es tu historia. Jamás alguien va a tener la misma historia, o va a vivir lo mismo.

Así con esta chica. Ésta es mi historia, y aunque ella no lo sepa, disfruto mucho viviendo mi historia. Porque es mía.

Tú eres la única actriz de tu historia, y nosotros solo somos espectadores que aplaudimos porque nos gusta verte actuar. Estoy seguro de que no actúas para que te aplaudamos, sino porque te gusta representar tu historia. Si te aplaudimos es porque nos gusta, no porque nos lo pidas.

En fin, cuando vuelvas a zona Tec, hay que salir a comer. Voy a invitar a la chica. Espero que no te moleste. Insisto en que se llevarían muy bien.

Es una gran persona, y creo que te ayudaría muchísimo platicar con ella. La llevo dentro de mi corazón, y estoy seguro que con el tiempo, tú también aprenderás lo mismo que yo aprendí de ella: hay personas que vienen a cambiar nuestras vidas.

Esta chica cambió mi vida, y estoy seguro de que así como yo la encontré, tú encontrarás a alguien que te inspire y a quien admires muchísimo.
En una de esas, te topas a alguien que te intensee y te admire tanto como yo admiro y quiero a esta chica.
Hace tiempo recuerdo haberte dicho que no es necesario que nos quieran. ¡Ah, pero cómo sirve!.

Un paso a la vez.
No caminas sola, estamos contigo y te queremos mucho.
Ánimo, bonita.

~ ~ ~ ~ ~ ~ ~

Es una carta bonita. Estoy agradecida de haberla recibido.
Pero más feliz estoy de tener oportunidad de contestarla. Así que eso haré.
Hora de ponerme a escribir.

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makeiri
27 años. Soñadora. Creativa. Parlanchina.
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