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27 años. Soñadora. Creativa. Parlanchina.
26 February 2018 @ 06:42 pm



Hace poco leí una frase que me dejó pensando.

"Hay historias que nunca empiezan porque siempre están terminando." (Mariani, 2018)

Esta frase me recordó a varios finales que he tenido que enfrentar con el paso del tiempo. Despedidas que pudieron (o no) ser dichas en voz alta. Viajes que concluyeron. Promesas que se hicieron y permanecieron inconclusas. Conversaciones que terminaron en un "Luego seguimos platicando" y que nunca volvieron a empezar.
Finales constantes. Permanentes. Puertas que se cierran y que, en ocasiones, hacen un ruido estrendoso al cerrar.
Pero recientemente la vida me ha dado señales de que lo contrario también es verdad.

Hay historias que existen porque constantemente se están reescribiendo.

Así como hay finales, hay reinicios. Puede haber puertas cerradas, finales dolorosos, puntos suspensivos... pero al final, donde hay intención y voluntad, habrá un camino.

La vida me ha cerrado varias puertas estas últimas semanas. Estas son mis heridas. Mis secretos. Mis guerras internas con el sentimiento de injusticia, con el sentimiento de no ser reconocida, mi ira con verdades a medias que me cortaron las alas y me hicieron derramar lágrimas de coraje. Frustración. Miedo. Duda.

Pero en el fondo, siempre permaneció ese deber de seguir. De no dejarme arrastrar. De una u otra manera, decidí reescribir y esperar. Soltar mis expectativas y lanzar posibilidades al aire, tener el valor de levantar la mano y aceptar: "Hey, ¡necesito ayuda! ¡Por favor! Un momento de paz no me caería mal."

Al final todas las sombras simplemente son recordatorios de que en algún lado, hay luz. Las posibilidades están.

Es cuestión propia el reescribir, el retomar, el no dejar que aquello que es cercano a nuestro corazón perecer ante la "falta de oportunidad".

Cada instante cuenta. Cada decisión tiene impacto. Ayer tuve la fortuna de que alguien se tomara la molestia de preguntarme si estaba lista para una de mis juntas más importantes que he tenido (hasta ahora). Alguien se dio el tiempo para venir (sí, en pleno domingo) a acompañarme, ayudarme a instalar un micrófono... y ser la primera persona en darme un fuerte abrazo cuando la conferencia terminó y mi alegría no me dejaba siquiera hablar.

Poco a poco, el mapa se vuelve claro. Empiezas a notar quiénes están y quienes dicen estar. Hay patrones. Pequeñas pistas sobre el camino que te ayudan a definir cuáles son las personas que constantemente le ponen puntos finales a las historias contigo, y quienes siempre están dispuestos a tomar el bolígrafo y escribir una frase más.

A los que están, gracias. Incluso a la distancia, su presencia fue clave en este punto tan crucial.
Para los que dicen estar, gracias también. Incluso con sus puntos finales que no se atreven a pronunciar, me han dado la valiosa lección de dejar de perseguir y esperar.

Tengo nuevas historias por escribir. Muchas más.
Ya sobre la marcha se seguirá definiendo qué historias continuarán y cuáles, poco a poco, llegarán a su final.

M