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Regresar al origen

Hoy llegué un poco tarde a una junta importante. Las puertas del tren se cerraron en mi cara y tuve que esperar al siguiente, lo cual me dio 10 minutos de retraso. Desde que llegue a Japón, he procurado ser muy cuidadosa con los tiempos y no fallar con las citas que se me han ido asignando.

Pero ¿hoy?
Hoy fallé.

Es parte de la vida, es parte de ser humano. A veces las cosas no salen como nos hubiera gustado, y eso es algo que he tenido que enfrentar frecuentamente los últimos días. Constantemente me estoy reprimiendo y molestando conmigo por no entregar las cosas de la manera perfecta y puntual que me había propuesto. Releo cosas que había anotado y me ofendo de mi escritura torpe o mi vinculación de ideas débil. Observo mis reportes, los avances hechos en mis investigaciones y me reclamo constantemente de que no estoy haciendo suficiente. No he entregado lo suficiente. No soy lo suficiente.

Esta clase de pensamiento es veneno. Me desmotiva, me entorpece, me limita. Pero sentir que nada de lo que hago tiene punto de ser y que aquello que me gustaría aportar es inútil no sirve de nada. ¿La verdad? Tengo miedo a no ser suficientemente buena. Tengo miedo de perder oportunidades o vínculos por ser desorganizada o torpe.

En simples palabras: tengo miedo. Y en un intento desesperado por lidiar con ese miedo y darme la falsa ilusión de que tengo algún tipo de control sobre mis inseguridades, me pongo metas sencillas que sigo al pie de la letra: contesta los correos, escribe aunque sea un párrafo de la tesis diario, busca tres fuentes nuevas al día, NO LLEGUES TARDE A TUS JUNTAS, lava los platos, toma foto a tus recibos, administra tus finanzas, escribe en tu diario de campo y no olvides recordar el origen de porqué haces lo que haces.

Pero cuando fallo en una, mis inseguridades reaparecen y con ellas, todos los miedos y limitaciones que me temía ya estaban en mi. Mientras esperaba mi tren con una sensación de vacío en mi estómago (pues por salir a las prisas ni siquiera desayuné) me percaté que tenía ansiedad, decepción y estrés corriendo por mis venas y que esa extraña (y poco agradable) combinación me estaba haciendo daño.
Respiré hondo. Me repetí para mis adentros que no era el fin del mundo.

"Bien, así que llegaré un poco tarde a mi primera junta del día. Pediré disculpas. Quizás una breve explicación de que se me fue el tren. Haber fallado una vez no significaba que soy un fracaso."

No soy un fracaso.
No soy un fracaso.
No soy un fracaso.

Curioso, ¿no creen? Ahí estaba yo, en mi tren tardío. Tratando de recordarme que mi presencia tenía valor, que llegar tarde a una junta no era una condena eterna sobre mi persona ni mis posibilidades a futuro. Ahora que escribo al respecto parecería que es un chiste, pero estoy siendo sumamente real y vulnerable mientras typeo estas palabras: así de frustrada y enojada me sentía.

Supongo que una parte de mi se convenció que no podía entregar ni ser nada menor a excelencia, y al sentir que había fallado en algo tan sencillo como llegar a tiempo a mi junta, se me nubló el mundo. Pasa. Pero definitivamente no fue una experiencia agradable.

Sin embargo, la junta de hoy no fue sólo inspiracional y motivadora, sino que también fue un hermoso reencuentro con mi estabilidad.
Elaboraré un poco al respecto: Cada par de semanas, los estudiantes de doctorado de la universidad de Keio se reúnen para compartir en una mesa redonda los avances de sus investigaciones, sus descubrimientos más importantes y se aprovecha la situación para recibir retroalimentación de sus compañeros (otros estudiantes de Doctorado) y de los dos senseis que nos supervisan.

Cuando llegué, me tocó aún escuchar a compañeros compartir avances muy interesantes sobre pruebas pilotos, notas etnográficas, papers que marcaron sus vidas como investigadores e invitaciones importantes a congresos o publicaciones a futuro. Me sentí inspirada por todo lo que compartieron. Aprendí mucho sobre la curiosidad de los niños, del proceso de aprendizaje, del diseño de juegos pensados para el aprendizaje, del diseño de prototipos. Pude compartir con ellos mis inquietudes y mis avances, y recibí valiosa información de centros que me interesa investigar más a fondo y de nuevas perspectivas que me ayudaron a recordar que parte del proceso es toparse con pared.

Pero creo que algo que me tocó a un nivel muy íntimo fue el recordatorio de que el cambio es aceptable. Cambiar la pregunta de investigación es válido. Aceptar que tu enfoque o desarrollo es débil es parte del proceso de mejorar tu análisis y tus escritos. Tu investigación es parte de ti. Es tu tiempo. Es tu proyecto. Habrá otras personas que quieran mostrarte el camino y que busquen apoyarte de forma externa, pero la única persona que debe de siempre mantener claro el objetivo en mente eres tú. Y para lograr eso, la pasión que sientes por tu proyecto es fundamental. ¿Dónde está tu pasión? ¿Qué es lo que te apasiona?

Recordar estas preguntas y contestarlas para mis adentros me dio un nuevo sentido de propósito. Recordé la razón de porqué me había inscrito a un doctorado en primer lugar y no pude evitar sentir que una pequeña parte de mi celebró para mis adentros. Era como si una parte de mi hubiera sido olvidada y de repente volvió a sentirse reconocida de nuevo. Fue un renacer, un reinicio, un replanteamiento del problema. Un cambio.

Regresar al origen de qué es lo que te motiva, lo que te apasiona, lo que te mueve... todo eso puede sonar muy sencillo, pero la realidad es que es una base que a veces olvidamos entre tanta teória y exigencia. Buscar resultados y encajar en un mundo académico puede a veces nublar la visión y el objetivo que te inspiró a iniciar este viaje en primer lugar. Algo que también me inspiró mucho fue que, justo cuando estábamos conversando de la dificultad de poder poner en movimiento acciones por miedo al fracaso, Okawa-sensei nos miró con una muy suave sonrisa y nos recordó algo muy importante: "But please don't forget to have fun! Let's have fun!"

Y entonces me percaté que entre tanto miedo e inseguridades, había olvidado disfrutar el proceso. Al estar comparando mis avances con los de otros, me había olvidado de celebrar mis propias transformaciones y cambios. Y sí, definitivamente aún hay MUCHO que me falta aprender, mucho que me falta aplicar. Tengo poca experiencia, pero tengo muchos recursos y mucha motivación por mejorar y aportar algo que ayude a otros a futuro. Tener la oportunidad de estar aquí y poder colaborar con tantas personas brillantes y creativas es prácticamente un sueño hecho realidad, y sin embargo estaba permitiendo que un tren tardío nublara mi visión y amargara mi existencia.

Recordar el origen, remotivarme a buscar información, comprometerme con mi objetivo, pedir ayuda cuando la necesito... todos estos elementos me han tocado y transformado en un período de una junta de tres horas y pues... quería escribir un poco al respecto antes de que todas estas ideas se escaparan de mis manos o desaparecieran de mi sistema por nuevas exigencias e inseguridades que llegarán a nublar mi existir en probablemente unas pocas horas.

Se vale perderse, desmotivarse o exigirse. Se vale fallar.
Pero mientras tenga claro el origen de porqué hago lo que hago, siempre encontraré la fuerza para volverme a levantar y reiniciar mi proceso.
Un paso a la vez.




M

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Champiñones en la calle

Lo sé. Hace tiempo que no escribo por aquí, pero la verdad es que mi vida ha sido una locura las últimas semanas. Estar persiguiendo a Miyano Mamoru por medio Japón (y no, no estoy exagerando) durante mis fines de semana e involucrandome en tres proyectos a la vez de lunes a viernes no ha sido un proceso sencillo, pero he perseverado.
Ahora que tengo (de nuevo) un poco de tiempo para mí, procuraré escribir a detalle vivencias de las últimas semanas que quiero recordar para la posteridad.
Pero hoy, escribiré de una cosa particular que me encontré a unos 16 metros de mi departamento en Ookayama.

La verdad es que los últimos tres días me he quedado en casa, recuperándome de una mezcla entre gripa y cansacio extremo. Mi cuerpo estaba débil y frío. Me pesaban los párpados. Tuve fiebre y una tos horrible que no me dejó dormir por varias noches seguidas. Pero hoy amanecí mucho mejor y por primera vez en la semana, salí camino a Keio University, alegre y motivada para participar en las juntas del día.

Iba caminando por la calle, pensando en preguntarle a Marcos-sensei cómo le había ido en su conferencia durante el fin de semana cuando de repente noté que había algo en la calle que no debería estar ahí: champiñones.



Me quedé parada un rato, observando a la distancia. Luego me acerqué y tomé una foto más de cerca, verificando que no era mi imaginación.

Eran champiñones perfectamente empaquetados, olvidados en la calle.



Tomé una última foto, permitiendo que mis pies salieran en la foto.



Reí para mis adentros y seguí mi camino. Siguiendo la etiqueta japonesa, dejé los champiñones donde los encontré. Es probable que se le cayó de la bicicleta a alguien cuando iba regresando a casa después de hacer el súper. Al percatarse de que los champiñones no llegaron con él/ella a casa, estoy segura que esa persona saldrá en búsqueda de sus preciados champiñones. Es por ello que dejé los champiñones ahí: la etiqueta japonesa dicta que uno debe dejar lo que encuentra en donde lo halló, por si el dueño vuelve a buscarlo.

La única ocasión en la que una persona debe mover el objeto, es cuando considera que el objeto puede sufrir daños o causar problemas a un tercero. Por ejemplo, hace unos días, cuando caminaba con Aiko por Harajuku, nos dimos cuenta que alguien había puesto una cartera con una PASMO y tarjetas de crédito en la orilla de la calle, para evitar que las personas le pisaran por accidente, en lo que regresaba el dueño a buscar sus pertenencias.

Considerando que los champiñones parecían estar a salvo (la calle es amplia y muy pocas personas pasan por ahí) decidí dejarlos donde los encontré, sin moverlos un centímetro. Espero que el dueño haya regresado por ellos. En la noche, cuando regrese a casa, revisaré si siguen donde mismo o si ya fueron recogidos.

Y pues... ya. De eso voy a escribir el día de hoy. Sé que no es nada profundo ni terriblemente interesante, pero es algo que me dio risa el día de hoy y que quería inmortalizar en mi diario virtual.

Espero estar escribiendo un poco más seguido los próximos días.

¡Nos leemos pronto!

M

Me agrada la gente loca

Hoy ha sido un día productivo.
Imprimí mi carta de desempeño y mi boleto de calificaciones. Esta ceremonia se repite cada vez que un semestre termina. Gracias a noches de desvelo y varias rondas de Pomodoro, pude mantener el promedio que necesito para asegurar mi beca.

Paz en mi universo.

Al menos por unos minutos.

En exactamente una semana, me iré a Japón. Hay un montón de pendientes por resolver, pero me siento positiva y alegre. Hoy conocí a alguien que me hizo reír y colorear. Sentí que fue más como un reencuentro, la verdad. Había cierta sintonía en nuestra comunicación que me hizo sentir cómoda y alegre de que nuestros caminos se volvieran a cruzar, aunque estoy completamente segura que no me lo había topado antes en esta vida.

Gracias a él, pude recordar y reafirmar algo: Me gusta rodearme de personas locas. Creativas. Llenas de posibilidades, sueños y risas. Me encanta escuchar las historias de los demás. Disfruto compartirles un poco de mi propia locura y ver cómo de ese punto en adelante, la confianza se vuelve real.

Admiro a las personas que quieren cambiar el sistema. Personas que hablan con franqueza aunque saben que existe cierto riesgo de que sus palabras se puedan tomar a mal. Sinceridad. Lealtad. Alegría. Inocencia.

No lo sé. Conocer a personas que tienen estas cualidades me inspira y me motiva. Me recuerda que yo también estoy loca, que soy una chica creativa. Escribir es mi terapia y me encanta llorar de alegría. Dar abrazos a extraños conocidos es un evento que me ha pasado pocas veces, pero que agradezco infinitamente.

Estamos aquí. Están allá.

Todos los que soñamos, luchamos y reímos. Los que queremos compartir alegría. Paz. Ver a otros brillar.
Estamos locos, sí. Nos sentimos incomprendidos, también.

Pero... ¡ay!
Que bonito es reencontrarte con alguien que ve ese brillo en tus ojos y que tenga el valor de decir en voz alta: "Yo estoy loco también."

M

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