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Accidente en la Estación de Tren



26 de Noviembre de 2016
4:27 pm


Pasaron muchas cosas cuando viví en Tokyo. Escribí al respecto en mi Livejournal, pero hubo muchas aventuras pequeñitas que nunca me di el tiempo de inmortalizar en este espacio. Aprovecharé mi crisis de NaNoWriMo para narrar algo que pasó una mañana fría de Enero, en la estación de Numabukuro.

Mis clases de japonés en ISI School eran en la tarde, lo cual me sentaba perfecto, pues siempre he preferido dormirme y levantarme tarde a tener que madrugar y pretender que estoy alerta cuando por dentro en realidad sigo soñando despierta. Sin embargo, no llevaba ni siquiera un mes de haber llegado a Japón y mi horario seguía bastante volteado. 14 horas de diferencia no son cualquier cosa, y me daba muchísimo sueño en las tardes. Esa mañana de Enero hacia mucho frío. De hecho, estoy bastante segura que había estado nevando durante esos días.

Recuerdo que ese día en específico traía puesta una bufanda roja y unos guantes negros con puntitos blancos. Me propuse no llegar tarde a mi clase (había estado llegando tarde toda la semana porque aún no me acostumbraba completamente al horario) y partí de mi pequeño departamento de un solo cuarto sintiendome motivada y alegre de al fin salir a tiempo para alcanzar el tren que me haría llegar temprano a la estación de Takadanobaba. (Mi escuela estaba en Takadanobaba. Es un nombre un poco largo, así que entre mis amigos y yo le llamabamos Baba. Sólo recordar ese detalle me da un poquito de nostalgia, jeje)

Mi departamento estaba a unos 8 minutos de la estación de Numabukuro, así que iba caminando tranquila sabiendo que ese día el tiempo estaba de mi lado. Quizá hasta llegaba tan temprano que me sería posible pasar a la tienda de 100 yen que se encontraba en un pequeño mall que está cerca de la estación de Baba. Siempre que iba a la tienda de 100 yen encontraba algún detallito silly que me encantaba y que necesitaba comprar. Y como sólo eran 110 Yen (taxes included) entonces mi conciencia se quedaba tranquila sabiendo que no estaba gastanto tanto dinero por un capricho impulsivo.

Llegué a la estación de Numabukuro y noté que había un grupo de niños esperando el mismo tren que yo. Como no acostumbraba visitar la estación de tren a esa hora, nunca me había tocado ver niños camino a su escuela. No sé exactamente que edad tenían, pero yo calculo que era entre 7 u 8 años. Estaban riendo, jugando piedra, papel o tijera. Hablaban con ánimo y elevaban sus vocecitas, lo cual me calentó un poquito el corazón. Por alguna razón, las personas que me encontraba en las estaciones de tren casi siempre tenían una expresión seria o cansada. La mayoría iba enfocada en sus celulares o simplmente mantenían la mirada perdida en lo que esperaban que llegara el tren.

Ver a este grupo de niños reír y platicar de forma animada me recordó un poquito a la calidez de mi gente. No es que quiera criticar a los japoneses pero... desde que había llegado, me había sentido un poco sola cuando estaba rodeada de mares de gente. No había tenido una conversación casual con nadie aún y de todas formas, me sentía un poco perdida y timida como para iniciar alguna conversación que no involucrara pedir direcciones. Mi japonés no era muy bueno aún... (y no, eso no significa que sea muy bueno ahora, pero al menos sé comunicar más cosas que en aquel entonces) y tenía miedo de parecer una tonta.

Los pequeños traían puesto el mismo uniforme y se veían animados a pesar de que iban camino a la escuela. Ahora que lo pienso, fueron muchas coincidencias que sucedieron ese día para que al final pasara lo que terminó pasando.
Primero, ese día me levanté temprano.
Segundo, decidí tomar el tren de la mañana aunque mi clase era hasta la tarde.
Tercero, tomé la entrada de la estación de tren que me ubicó justamente atrás de estos pequeños que jugaban piedra, papel o tijera.

Pensé en formarme al lado de ellos, pero me gustaba escucharlos y observarlos de cerca así que de forma tímida y silenciosa hice fila detrás de ellos. Yo traía audifonos, pero me los quité un momento para escuchar sus vocecitas alegres y juguetonas. Había mucha gente, pero todos llegaron después que nosotros. Personas se fueron formando al lado y detrás de mi, pero mi atención estaba en los pequeños. Uno de ellos era un poquito más ruidoso que los demás y cada vez que ganaba, levantaba sus brazos en señal de victoria.

Noté (como buena Monse preocupona) que los pequeños, entre risas y juegos, iban acercándose más y más a los rieles del tren. Nosotros estabamos parados en una plataforma, así que la caída a los rieles se veía dolorosa (sin mencionar que las piedritas podían cortar a quien quiera que cayera sobre ellas) y me empezaron a sudar un poco las manos. Además, el tren estaba a punto de llegar en un par de minutos. ¿Acaso era seguro que los niños estuvieran jugando tan cerca de la línea amarilla?

Pero luego me recordé que estos niños iban solos a la escuela de forma rutinaria y que seguro sabían cómo cuidarse y mantener su equilibrio. Me puse mis audífonos de nuevo y me propuse relajarme y disfrutar ver a los pequeños jugar. Y entonces, el pequeño más ruidoso (y victorioso) de los cuatro (sí, eran cuatro niños) tuvo una victoria doble y su forma de celebrarlo fue saltar y reír, con sus dos brazos levantados. El compañero que acababa de perder le dijo algo (no sé que le dijo, en serio mi japonés era muy pobre en ese entonces) pero eso hizo que el niño ganador se riera y se burlara más, dando más saltitos emocionado. Y en uno de esos saltos, perdió su equilibrio. Creo que quizá pisó mal o algo así sucedió, pero el punto es que pisó la línea amarilla y vi en cámara lenta cómo el peso de su mochila le hacía irse de lado, hacia los rieles del tren.

No sé porqué hice lo que hice. Una parte de mi sospecha que mi instinto maternal entró en efecto, porque antes de que pudiera razonar qué era lo que estaba pasando, había dado 3 pasos veloces hacia el pequeño y con toda mi fuerza, lo atrapé por su mochila y lo jalé de regreso, evitando que cayera a los rieles del tren. El niño se quedó de pie, pero yo no. Por la inercia del jalón que hice hacia atrás.... me caí.

Fun fact, reaccioné rápido y jalé al pequeño por su mochila en un dos por tres, pero creo que mi cerebro se quedó en pausa después de eso porque cuando caí, no metí las manos y me di un bueeen golpe en la cara. Por fortuna, sólo caí en la plataforma y no en los rieles del tren, pero igual me dio mucha vergüenza que esto pasara frente a el pequeño público que nos rodeaba. Todo pasó muy rápido. Escuche los gritos de varias mujeres y el *gasp* de los varones que nos rodeaban. Un policia/guardia de la estación sonó su silbato y corrió hacia nosotros, gritandole a la gente que se apartara.

El niño empezó a llorar. Me levanté (con un poco de dolor) y sin atreverme a tocarlo (o abrazarlo, que era el impulso que tenia en ese momento) le pregunté una y otra vez, con mi japonés roto, "Daijoubu?? Daijoubu??" (Estás bien?? Estás bien??) a lo que me contestó algo que no entendí, señalando a mi cara.

Recuerdo que me llamó Onnee-chan (hermana mayor) y que eso me dio mucha ternura, pero no entendía porqué estaba llorando tanto, si todo estaba bien. Y luego sentí la sangre escurrir por mi mejilla derecha y comprendí que la que se había lastimado había sido yo.

La verdad es que fueron dos rasguños en la cara, producto de mi caída. No era nada serio, me dolía más mi pecho por haber caído hacia al frente sin poner mis manos para protegerme de la caída. Pero el pequeño no dejaba de llorar y el guardia cuando llegó con nosotros empezó a gritar ordenes que yo no entendí.

Llegó el tren y quise subirme a él, pero el guardia me detuvo. Entre señas y la palabra "accident" repetida en inglés roto, comprendí que quería que lo siguiera por alguna razón. El niño también fue guiado a la oficina del guardia y nos sentaron lado a lado. Yo ya había dejado de sangrar (les digo, fueron rasguños leves) pero aún así me hicieron llenar una forma extraña reportando el accidente.

Llené lo que pude en inglés (en serio, ni siquiera dominaba katakana en aquel entonces) y dije por medio de señas y pocas palabras que dominaba en japonés que tenía que apurarme para llegar a tiempo a mi clase de la tarde. Pero fui totalmente ignorada.

Ya no recuerdo tantos detalles del proceso, pero fue largo y aburrido. El niño habia dejado de llorar, pero se veía triste y serio. Le hicieron algunas preguntas, las cuales contestó de forma respetuosa y seria. La verdad es que si hubiera podido, le habría dicho muchas cosas a ese pequeño en ese momento.

Le habría dicho que no se preocupara, que accidentes pasan. Que lo bueno era que todos estabamos bien. Quería decirle que no me dolían las cortadas, que los rasguños me darían una buena historia para contarle a mi familia la próxima vez que hablara con ellos por videollamada. Quería decirle que me había dado mucha alegría verlo reír y jugar. Quería decirle que no era necesario que se sintiera mal por mi caída, que la torpe que no supo mantener su equilibrio fui yo. Quizá hasta le hubiera dicho algún chiste tonto para ver si lograba hacerlo sonreír de nuevo. Heck, inclusive le hubiera dicho que nos aventaramos 3 rounds de piedra, papel o tijera, para ver quién ganaba.

También quería pedirle disculpas por haberlo jalado tan feo de su mochila. Estoy segura que sintió el tirón y que quizá había rasgado un poco su mochila en el proceso.

Pero mi japonés era básico y el pequeño evitaba mirarme a los ojos, como si estuviera avergonzado. Así que no dije nada.

Después de que me atendió un médico que llegó y me puso dos curitas en la cara (en serio no tengo idea de si lo mandaron llamar o si siempre tienen un kit de emergencia y un médico a la mano en las estaciones de tren) el guardia cerró la puerta de su oficina, volteó a ver al niño.... y lo empezó a regañar.

No necesitaba saber mucho japonés para darme una idea de lo que le estaba reprimiendo. Le dijo en algún punto que se había puesto en peligro y que por ende, había puesto a otras personas en riesgo también. Le regañó con un tono frío y firme, y sentí mi corazón sufrir por el niño, que bajó la mirada y reprimió su llanto.

Fue una experiencia bastante desgastante. Interrumpí al guardia y le empecé a decir al pequeño una y otra vez, "Dajoubu, watashi wa ok desu", mostrando mis dos pulgares levantados y sonriendo como tonta. El pequeño no se río, pero levantó la mirada. Intenté con mi japonés roto aclararle al pequeño que todo iba a estar bien, y creo que el guardia captó el mensaje porque dejó de regañarle y se sentó de nuevo en su escritorio, revisando papelería e ignorandonos completamente.

Después de lo que parecieron horas, nos dejaron ir. Yo iba ya una hora tarde para mi clase y el tren estaba a punto de irse. Pero antes de correr al tren, le sonreí al pequeño y le dije algo tonto, como que fuera con cuidado. "Kiotsukete, ne?"

Y fue en ese último momento que el pequeño me miró a los ojos (sus ojos estaban llorosos, pero ya no parecía que fuera a romper en llanto) y me dijo con un tono suave "I'm sorry". Se me derritió el corazón. Creo que la que casi se pone a llorar en ese momento fui yo.
No tenía mucho tiempo para contestarle, así que sólo alcancé a decirle "Don't worry, everything is ok!" antes de salir corriendo para que no me cerraran la puerta del tren.

Subí al tren, me di la media vuelta y grité "Yan Ken Pon!!" (piedra, papel o tijera..!!) y levanté mi puño, invitándole a jugar.
Desde la plataforma, el pequeño levantó su puño y a la cuenta de tres, revelamos nuestro elemento seleccionado.
Perdí yo.
Y esta vez, el pequeño no levantó sus dos brazos en señal de victoria... pero sí sonrío. Y eso fue lo último que vi de él, porque el tren se empezó a mover y pronto Numabukuro quedó atrás.

Llegué tarde a mi clase (oops) pero cuando le expliqué la historia a mi profesor (y a mis compañeros de clase) todos me aplaudieron, como si hubiera sido alguna clase de super mujer salva niños.

Ahora que lo pienso, decir algo como "Evité que un pequeño cayera a los rieles del tren" suena mucho más heróico y dramático de lo que realmente pasó. Pero sea como sea, esa fue una de las pequeñas aventuras que viví allá que nunca me di el tiempo de inmortalizar de forma escrita hasta ahora.

No sé si ese niño recuerde el incidente, o cómo se sintió después al respecto. Pero dondequiera que se encuentre en este momento, espero que esté sonriendo y celebrando victorias con sus dos brazos levantados.



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makeiri
25 años. Soñadora. Creativa. Parlanchina.
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