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NaNoWriMo- El Secreto de la Playa

1/10/2015

No puedo creerlo. Hoy es el primero de Noviembre. Eso sólo puede significar UNA cosa: HOY INICIA #NaNoWriMo !!!!
No estoy lista para esto. De hecho, no tengo idea de cómo le voy a hacer para cumplir con NaNo este año, ya que tengo dos trabajos que atender, una boda, examenes finales y el primer Medley Festival de Maki en un futuro cercano.
Pero he participado por varios años consecutivos y al final siempre logro cumplir con la meta de 50,000 palabras así que... BRING IT ON NANO, MY BODY IS READY.
Except not really.

BUT IF I MUST FAIL, I WILL FAIL TRYING.

Ahem. Volviendo al tema de NaNoWriMo, hoy grabé, edite y subí un video impulsivamente ya que... me siento un poco sola cuando se trata de NaNo. No tengo amigos en la vida real que hagan NaNoWriMo y muchas veces me cuesta un poco de trabajo sentirme motivado cuando la única loca que esta tecleando obsesivamente en su computadora durante el mes de Noviembre soy yo.



Así que, si al menos UNA persona se une a NaNo gracias a ese video, será toda una victoria. After all, lo que más me gustaría sería tener compañeros en esta misión suicida difícil pero entretenida.

Este año no creo estar publicando lo que escribo para NaNo de forma pública. Quiero ponerme a escribir cuentos cortos y tal vez incluso guiones para videos o reflexiones que me sirvan para otros proyectos creativos, así que... seeeh.

¡Pero! Hoy decidí que para estrenar NaNo escribiría un pequeño cuento inspirado en un cuadro que siempre ha estado en mi cuarto y cuyo origen desconozco completamente. Desde que tengo memoria este pequeño cuadro ha estado en casa y cuando mi mamá sugirió tirarlo hace poco, lo defendí a capa y espada y ahora lo tengo en mi cuarto sano y salvo.

El cuadro es el siguiente:


Realmente siento que es más apego sin sentido que nada. El cuadro forma parte de mi infancia y siempre que lo veo me despierta un poco de ternura. Así que... hoy escribiré un pequeño cuento inspirado en este cuadro. Como ya dije, no estaré publicando mi NaNo en mi Livejournal este año (o bueno, sí lo haré pero serán entradas privadas que solamente yo podré ver) pero espero que este cuentito, por más rusheado y sin sentido que sea, les agrade aunque sea un poquito.

Como siempre, gracias por leerme. Y feliz inicio de NaNoWriMo a todos los que escribirán este año...!

El Secreto de la Playa

Despertaron a las diez para las seis. Emocionadas por la aventura que les esperaba ese fin de semana, se acurrucaron entre las sábanas y conversaron suavemente entre ellas. Las gemelas Lucy y Lily, a pesar de apenas tener 6 años, compartían susurros y risas que sólo ellas entendían.

Su padre les había prometido una visita a la playa ese fin de semana, y su padre siempre cumplía su palabra. Su madre les había dejado los vestidos de playa tendidos en el borde la cama que compartían. Eran vestidos idénticos, como sus rostros. Las niñas tenían los mismos ojos cafés, la misma nariz pequeñita, las mismas mejillas rosadas. Pero a pesar de que eran tan similares físicamente, tenían personalidades distintas.

Lucy amaba ser el centro de atención. Hacía poses para la cámara de su padre sin que este tuviera que pedirselo. Lily, en cambio, era un poco más tímida. Solía taparse la cara con sus manos regorditas y sonrojarse cada vez que alguien fuera de su familia intentaba hablarle directamente. Pero cuando se encontraba con su gemela, con su fuerte y expresiva hermana menor, Lily era risueña y libre. Con Lucy a su lado, Lily solía ser un poquito más valiente. Un poquito más traviesa.

Finalmente sus padres se levantaron un par de horas después. El desayuno fue rápido y delicioso; pan tostado con la mermelada de fresa que su abuela siempre le recomendaba a su madre que comprara para ayudar a las niñas a crecer con energía y un poco de dulzura. Con palas y botes de colores en sus manos, las niñas subieron al automóvil color ginda de su padre y marcharon hacia la playa.

En el trayecto su madre se dedicó a embarrarlas con el mejor protector solar que pudo encontrar y les puso grandes sombreros blancos que les había comprado la semana pasada en preparación para su pequeña excursión. La verdad es que los sombreros les quedaban un poquito grandes, pero como cada sombrero tenía un moño enorme que lo adornaba las niñas se sintieron soñadas. El día apenas empezaba y ambas estaban llenas de energía y anticipación.

Cuando llegaron a la playa, las niñas se tomaron de la mano y entre risas y grititos de emoción corrieron hacia el mar. La arena blanca estaba ardiendo y sentían como si la planta de sus pies se estuvieran quemando. Su madre, como buena madre angustiada, corría atrás de ellas con las sandalías de las gemelas en sus manos, intentando explicarles que correr en la arena ardiente no era una buena idea.

A pesar de eso, las niñas siguieron corriendo hasta que finalmente llegaron a la orilla del mar y la arena húmeda y fría aliviaron sus piececitos calientes. El agua era gris y oscura, nada que ver con el oceano azul que habían imaginado toda la semana, pero las olas juguetonas y la espuma blanca las convenció de que era una playa bonita.

Su madre al fin las alcanzó y entre regaños y jadeos procedió a ponerle a sus niñas las sandalías que habían dejado atrás. Su padre, cargando todo lo que se había dejado atrás en el carro (sillas, lonches, bloqueador, libros y una sombrilla grande color roja para proteger a la pequeña familia de los rayos del sol) río un poco y le pidió a su mujer que no fuera tan dura con las pequeñas.

Las gemelas le pidieron disculpas a su madre con miradas enternecedoras, cosa que no tuvo gran efecto para cambiar el humor de ella. Conocía a las pequeñas y sabía perfectamente que lo único que querían ellas era terminar con su regaño lo más pronto posible para poder ponerse a jugar en la arena.

-Déjalas jugar, ¡están bien!
-No puedes malcriarlas tanto... ¡tienen que entender que hay reglas que deben seguir!
-Venga Marta, sólo están emocionadas por estar en la playa. Anda, deja que jueguen en la arena. Llevan toda la semana planeando su castillo.

Eso era cierto. Toda la semana Lucy, la futura arquitecta (al menos según su padre) había estado dibujando castillos de arena. Lily no dibujaba con su hermana, pero observaba en silencio mientras Lucy garabateaba, sus pequeños ojos cafés brillando cálidamente.

-Hasta me obligaron comprarles palas y cubetas de la mejor calidad para su proyecto. Anda, deja que se quemen un poquito los pies si andan de desesperadas. A la noche cuando se pongan cremita y les arda, aprenderán a no hacerlo nunca más.

Las niñas asintieron vigorosamente y después de que su madre suspirara y desviara su mirada, celebraron el fin de su regaño saltando y chapoteando en las pequeñas olas que acariciaban sus tobillos. Sus padres instalaron la sombrilla y las sillitas, su madre dirigiendo todos los detalles y su padre obedeciendo las instrucciones de su mujer sin atreverse a siquiera suspirar un poco. Cada vez que salían de casa, mamá Marta solía ponerse irritable y nerviosa. Con el paso de los años, él había aprendido a no chistar ni intentar dar su opinión cuando la mirada de su mujer se ponía ligeramente agresiva.

Lucy sacó los castillos dibujados de su mochila y le explicó a Lily el plan a seguir. Necesitaban construir un castillo grande y fuerte para la Princesa Pulgarcita. Antes de ir a dormir, su madre les había estado leyendo las aventuras de Pulgarcita, una niña que era del tamaño de un dedal. Dado que las gemelas estaban pasando por una etapa en la que todo lo relacionado a princesas las hacía felices; escuchar de la princesa de las hadas las había convencido que su misión para su día en la playa era construir el castillo de arena más hermoso del mundo para que la dulce y amable Pulgarcita pudiera habitar en el como la princesa que era.

Las niñas empezaron su proyecto. Lily iba por cubetas de arena humeda que Lucy posicionaba con cuidado y delicadeza. Sus padres las observaban a la distancia, ambos sorprendidos por la mirada serie y determinada de las niñas.  Duraron así un buen rato, decorando su castillo con pequeñas conchas de colores y brillitos rosas que habían comprado en la papelería un par de días antes. Su castillo estaba casi terminado cuando de pronto empezó a soplar un viento fuerte que hizo que la sombrilla que su padre había enterrado con mucho cuidado en la arena saliera volando.

-¡Ah...! ¡La sombrilla! ¡José Antonio, se va la sombrilla..!
-Ya lo sé, Marta, ¡no estoy ciego..!
-Ve por ella, ¡ve por ella! ¡Se va...!

Sus padres se levantaron de sus sillas de playa, tirando sus respectivos libros de lado (el de él una novela de misterio donde el asesino no tenía un brazo, el de ella una novela romántica que estaba llena de vampiros radioactivos) y corrieron tras la sombrilla roja que se elevaba y rodaba mágicamente. Poco hubieran imaginado que en efecto, ese viento sí fue mágico.

Lucy se quedó viendo como sus padres corrían tras la sombrilla, riendo suavemente. Pero Lily miraba fijamente al castillo, sorprendida por la pequeña figurita que la saludaba desde la ventana más grande del castillo que había ayudado a construir.

Sin decir una palabra tomó a su hermana de la mano y apuntó. Lucy abrió sus ojos de par en par, muda por la sorpresa. La niña miniatura de pelo dorado les guiñó un ojo y se llevo un dedo a los labios, dandoles a entender que debían mantener el secreto. Las gemelas asintieron al unísolo, llenas de emoción y nervios.

Al poco rato sus padres regresaron con la sombrilla llena de arena y ligeros golpes por su escapada inesperada. Las niñas chapotearon en el agua y comieron felizmente los lonches que su padre había preparado en la mañana. Marta y José se miraban de reojo y llegaron a la conclusión de que, aunque alegres, las niñas estaban mucho más calladas de lo normal. Pronto fue hora de regresar a casa y las pequeñas se quedaron dormidas en el asiento trasero, abrazadas y sonrientes.

Cuando al fin la marea subió y el castillo fue destrozado por las suaves olas color gris que habían dado resguardo a los pies de las niñas de la arena caliente , en el centro del castillo, justo en el corazón del proyecto de las gemelas, un dedal plateado reflejó la luz de la luna que alumbraba la playa.

M

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makeiri
26 años. Soñadora. Creativa. Parlanchina.
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