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El día de la carta lila

Ni el frío ni la enfermedad me van a detener de escribir hoy.

He logrado escribir diario en mi Livejournal por ya 27 días (contando hoy) y tengo que admitirlo; al empezar el proyecto de escribir por aquí "todos los días de noviembre" dudaba si lo iba a lograr.

Amo escribir. Es uno de los placeres de la vida para mi.

Pero no siempre tengo palabras para compartir con los demás. Soy celosa con mis versos, perfeccionista con mis rimas, dudosa de mis ideas.

El mes de noviembre ha sido uno de los meses más intensos, cálidos, fríos y confusos que he experimentado este año.
Y de cierta manera es un poco reconfortante saber que hay una bitácora de todo lo que me ha tocado experimentar, aunque haya palabras claves o frases que sólo yo o una persona comprendemos.

Sí, hay frases y versos que son sólo para que alguien (que ahora sé me lee) comprenda. Pero hay más.

En mis entradas de noviembre hay canciones que me tocaron escuchar estos días, hay historias inconclusas, versos improvisados, dudas existenciales, quejas escolares...

Ha sido un viaje interesante. Pero aún no termina.

Y el día de hoy tengo una historia que quiero inmortalizar.

Debo advertir que estas palabras que escribo, por más emocionadas y alegres que sean, son escritas bajo el efecto de varias medicinas y un té poderoso con tres cucharadas grandes de Broncolin.

Estoy arropada con tres suéteres, una bufanda (tejida por Natalia), un gorrito (también tejido por Natalia), un poncho, una mantita verde (uno de mis nuevos tesoros), una sábana de plumas, unas 3 capas más de sábanas de colores y una dosis fuerte de amor materno. (fue mi madre quien me arropo)

La verdad es que no me he sentido bien desde el sábado. Mi garganta se ha sentido mal desde el sábado en la mañana y mi voz se fue apagando hasta que al fin hoy me quede muda.

No poder hablar es algo muy frustrante para mi. Estoy dispuesta incluso a recibir inyecciones con tal de curarme rápido de la garganta; no hay nada que me frustre más que no poder expresarme.

Quítenle su voz a una parlanchina y explotará con palabras silenciadas.

Hoy fue el último día de clases.
Pero no fui a ninguna.

Resolví pendientes, tomé chocolate caliente, desayune un poco, volví a ir a que me revisara algún médico (esta vez fue mujer) y recibí una receta nueva para obedecer. (Esta de color verde).

Tomé mis medicinas de colores, observé el cielo un rato y regresé a casa.

Me encontré a mi mamá en el camino al departamento. Me dio una paleta de chocolate y vainilla para el dolor de garganta.
No recuerdo mucho de mi tarde. Me sentía muy mal, estaba adormilada.

Sé que mi madre, siendo madre, se aseguró de que comiera algo de sustancia, me tomara la medicina, tuvo la paciencia y voluntad para desempolvar mi cuarto y me arropó como cuando niña.

Marina me preparó un té cargado de miel y medicina, se prendió la calefacción y mis pulmones dejaron de dolerme por un momento o dos.

Fue en uno de mis momentos más conscientes cuando mi madre me comentó casualmente lo siguiente:

Madre: Monse...
Monse: .... Mm?
Madre: Te llegó una carta
Monse: *abre los ojos*
Madre: Te llegó hoy
Monse: *con todo el esfuerzo del mundo* Aurora?
Madre: Deja te la traigo

-Madre sale del cuarto y regresa con sobre en las manos-

Monse: *abraza sobre*
Madre: Pero primero, acábate tu té o.ó
~~~

Hoy recibí una carta. Una carta que había pedido un día frío que parece ya lejano, pero que también fue de noviembre.

No puedo empezar a describir la magia de tener un sobre sin abrir en las manos.
Las posibilidades son infinitas.
La emoción se siente en la base del estómago, el anhelo de abrir y devorar las palabras que contiene llega a ser asfixiante.

Pero me tome mi tiempo.
Noté el trazo de nuestros nombres en la cara del sobre.
Aprecié el sello que le acompañaba.
Intenté imaginar la pluma o plumón café que había sido usado para escribir mi nombre y dirección.
Analice de nuevo aquellos trazos que habían logrado ubicarme.
Y sonreí.

Abrí la carta en silencio.

Y pequeños regalos cayeron en mi regazo, dándome el calor que tanto añoraba desde esa noche lejana de noviembre.


Me habían abrigado con dibujos, con cariño, con palabras.

Recibí mi primera carta escrita a máquina y fue bella.

Leí y releí las palabras hasta que empecé a memorizarlas. Me sentí acompañada, importante, real.

Es difícil describir lo que siento por la persona que me mandó esta carta. Supongo que podría empezar diciendo que siento mucha admiración. Sus palabras me enamoran de la vida, me ayudan a recordar lo que importa.

Siento cariño.
Porque de alguna manera representa una hermana mayor para mi, un apoyo, un amante de las letras que encuentra a veces maneras un poco más coherente de expresar justo lo que pienso y siento.

No sé que pude haber hecho en esta vida para merecer sus palabras, su atención, su tiempo para escribirme, enviarme la carta...

Pero ahora tengo una nueva motivación para curarme pronto. Tengo que escribir una respuesta, tengo una nueva carta que enviar...

Sólo espero que le haga justicia a la hermosa carta que me tocó recibir el día de hoy.

Gracias por la medicina de amor que fueron tus palabras. Ya me siento mejor.

Amo recibir cartas. Amo enviar cartas.
Me gustan las cosas a la antigüita a veces.

Si alguien quiere intercambiar palabras a a la antigua, sólo díganme.

Tengo muchos sobres de colores que necesitan dueños.


M

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makeiri
26 años. Soñadora. Creativa. Parlanchina.
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